La experiencia Gravity

Hace poco, unos cuantos meses, fui al cine a ver Gravity, dirigida por Alfonso Cuarón. Habiendo escuchado todo tipo de comentarios, la mayoría positivos, acerca de la película, y evitando en cierta manera, ver una y otra vez el tráiler y otros contenidos audiovisuales promocionales de la misma (dentro del bombardeo continuo que los medios de comunicación llevan a cabo durante las semanas previas y durante el pase del filme en salas comerciales), llegué a la sala de cine con grandes expectativas. Y la verdad, debo decir que es de las pocas veces que las expectativas se han quedado reducidas a muy poco tras finalizar el pase del largometraje y quedar, literalmente, hundido en la butaca (exageradamente incómoda en aquel cine de salas tétricas del Puerto Olímpico de Barcelona) por la muy agradable impresión que Gravity causó en mí, teniendo en cuenta que el largometraje fue mucho más allá de lo que esperaba, que ya era mucho, tratándose de Cuarón. Más que una película, puedo decir que fue, para mí, un tipo de experiencia superior. Lo que Cuarón ha plasmado en imágenes, sonidos, silencios, oscuridad y pequeñas luces en esta producción, es un homenaje a la vida misma, y un retrato hiperreal de lo que es ser humano y lo que podemos llegar a realizar como seres humanos que somos, y los límites que podemos cruzar, para explorar y conocer lo desconocido o para explorarnos y conocer nuestros propios límites, sorprendiéndonos a nosotros mismos a la hora de la verdad. ¡Wow! Se trata de una producción realmente atrevida, avanzada a su tiempo. Había momentos en que ya no sabía si se trataba de una película de ficción o de un documental con imágenes reales captadas por cámaras incrustadas en los trajes de astronauta de los personajes, por cierto, perfectamente interpretados por George Clooney, cojonudo, y Sandra Bullock, maravillosa (me dejó sorprendido como nunca antes). Y, volviendo al comentario de la confusión con ficción o realidad, este es un hecho muy apropiado para una cinta como esta, y ofrece al espectador la posibilidad de viajar al espacio y sentirse realmente flotando en la ingravidez, que es de muy agradecer, un detalle que otras producciones quizás habrán anhelado pero no conseguido (pero esto es un detalle de muy largo debatir, porque entramos en temas como la manera en que se exhibe o consume la película en cuestión, en qué soporte o de qué manera ha sido rodada y montada, etc.). Para mí está claro que está película debe ser vista en pantalla grande, con la máxima calidad, y en 3D. Porque esta vez sí, el 3D es útil, es más, es necesario para una película de este tipo. Desgraciadamente, no puedo presumir de haber visto la película precisamente en la mejor sala de cine 3D de Barcelona (sólo os diré que, en los momentos de silencio absoluto de la historia, ese silencio cósmico, estremecedor, aterrador y maravilloso insertado en distintos puntos de la película, era manchado por el retumbar del aparato de aire acondicionado de la sala en la que me encontraba, lo cual me parece criminal). Vaya, que no puedo decir que haya disfrutado del metraje al 100% como Cuarón había planeado. Esta maldición, que es la falta de respeto de los cines por las mismas películas que proyectan, nacionales o internacionales, por las que debes pagar esos precios tan altos, es muy común en Barcelona, y motivo mismo de la falta de público que se viene comentando año tras año en los medios (este también es un tema que nos llevaría horas). Volviendo a la gran experiencia Gravity, las 3 dimensiones, tan debatidas por el público de aquí, son un pilar fundamental. El 3D aporta la textura, la perspectiva, los centímetros de distancia respecto a la cara interior de la escafandra que nos protege del vacío espacial que acabaría con nuestras vidas. Nos mete en la piel de los personajes, nos introduce en su alma, sobretodo en los planos subjetivos, que perturban, que marean, que sacuden (al personaje y al público) todo con una elegancia fotográfica y unos movimientos de cámara perfectos, bellos. Y claro está, unos planazos del universo y de la Tierra preciosos y reales.

La narración y ritmo de la historia engancha des del minuto 1 hasta el final. Es una carrera, una cuenta atrás trepidante, llena de imprevistos impactantes difíciles de superar, casi imposibles, que a su lado, las peripecias de Ethan Hunt (Tom Cruise) en Mission: Impossible se quedan en una tomadura de pelo barata (que me siguen encantando igualmente). Esta película no ofrece unas acrobacias para hacer flipar, sino que ofrece una muestra terriblemente creíble de lo que dos personas deben hacer, flotando en medio de la nada, para salvar sus vidas y volver a casa. La carrera a contrarreloj por la supervivencia de los dos protagonistas, como dos marineros cuya nave se hunde en el mar y deben llegar a tierra como sea, en un medio donde sólo reina la muerte o la no vida, supone una aventura imperecedera, una de tantas que han llenado los libros y relatos, y seguirán llenando. Muchos planos en los que tenemos la negrura del universo al fondo, aterrorizan, pues nunca sabes en qué momento algo peligroso e imbatible hará acto de presencia.

La pareja de actores funciona, y el guión consigue que nos encariñemos con ellos y suframos con ellos, o riamos con ellos. Es lo que tiene la película de Cuarón: tú estás dentro. A veces como los personajes y a veces como Dios todopoderoso omnipresente, pero estás dentro, formas parte de ella. Muchas películas utilizan (mal) el 3D queriendo que el espectador esté dentro de la película, y simplemente no lo consiguen. Sólo terminas mareado y cansado, con ojos doloridos. No se trata sólo de hacer 3D por hacer 3D, consiguiendo que balas y flechas vengan volando hacia tu cara, sólo por un objetivo estético. Debes utilizar el 3D para explicar algo. Para hacer sentir algo real al espectador. Cuarón lo ha conseguido. Hay que verla. Hay que verla bien.